Cristina Larice construye en este libro un mosaico donde géneros y voces conviven sin fricciones forzadas: poesía, microrrelato, testimonio y crónica se entrelazan bajo un mismo pulso, el de una mirada que observa el mundo con la curiosidad de quien nunca deja de asombrarse. El título mismo anuncia el proyecto estético de la obra: no se trata de una escritura que afirma o fija, sino de una que se deja disolver en lo que nombra, y en ese gesto encuentra su fuerza.
La sección “Ella en la cuarentena” es quizás la más lograda en su capacidad de convertir el encierro pandémico en materia literaria sin caer en el lamento. Personajes como la Señora Lavandina, Don Alcohol o la Señorita Rejilla funcionan como pequeñas alegorías domésticas que Larice anima con humor ácido y ternura simultáneos, logrando que objetos cotidianos se conviertan en espejos de la condición humana bajo aislamiento. Es una operación poética arriesgada -personificar lo doméstico- y sale airosa precisamente porque no pierde de vista el dolor real que subyace bajo la comedia.
“Del mar que nos habita” despliega la imagen del mar como matriz simbólica múltiple: íntimo, sensible, natural, del maltrato, de magia, de amor. Esta estructura en variaciones permite que un mismo elemento (el mar, tan propio de su Mar del Plata) sirva de hilo conductor para temas de enorme peso (violencia infantil, inseguridad urbana, ternura docente) sin que la obra pierda cohesión. El relato «Mar del Matrato», construido enteramente en diálogo telefónico fragmentado, es un ejercicio de oído narrativo notable: deja que el lenguaje coloquial revele, sin subrayarlo, el horror que atraviesa.
En «Poemas y Relatos» la autora se permite sus vuelos más oníricos y literarios: el sueño donde conviven Don Quijote, Martín Fierro, Dante y poetas argentinos es una declaración de amor a la tradición literaria hispanoamericana, escrita con la libertad asociativa de quien confía en su propia voz. Los textos ambientados en Cuba y Colombia -el encuentro con la sombra de Martí, el diálogo imaginado con García Márquez- muestran a una escritora que viaja tanto físicamente como a través de sus lecturas, y que no teme mezclar ambos planos.
Los tres textos de acompañamiento (Dietsch, Bianquetti, Sánchez Magariños), junto al de Giandomenici, coinciden en algo que la lectura confirma: Larice escribe sin pontificar, mostrando antes que explicando, y esa honestidad -sumada a su capacidad de encontrar lo poético en lo mínimo- es lo que hace de este libro una lectura que, en efecto, se disuelve en quien la recibe y nos expande.



