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    Home»Opinión»La sacralización del dar: una experiencia estadounidense
    Opinión

    La sacralización del dar: una experiencia estadounidense

    RedacciónPor Redacción20/02/2026No hay comentarios8 Minutos de lectura
    (Imagen de AI / Pressenza)
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    Nueva York – David Andersson

    En algunas comunidades latinas, el Día de Acción de Gracias se denomina en broma «San-guiving», o «donación sagrada». Este juego de palabras desplaza el foco desde el simple agradecimiento hacia el acto mismo de dar. Alrededor de una mesa compartida, se espera que nadie quede solo. Por un breve instante, la generosidad se vuelve sagrada —justo antes de que la maquinaria del consumo se reactive en el Viernes Negro (o Black Friday).

    Al replantear la festividad de este modo, se visibiliza algo subyacente. Lo que esta celebración tan característicamente estadounidense ha albergado, durante mucho tiempo, es la idea de que «tener» implica responsabilidad. Es decir, que la riqueza, el poder y el éxito o sus manifestaciones, exigen retribuir,… o en el dar.

    Durante un largo período, esta ética de la responsabilidad estuvo integrada en las instituciones estadounidenses.  EE.UU. se convirtió, podría decirse, en la máquina de dar más grande del mundo. Pagar impuestos se entendía no solo como una obligación legal, sino como una contribución a un fondo común de recursos que luego se redistribuiría según las necesidades evaluadas políticamente dentro de la comunidad. Las corporaciones absorbieron esta lógica y comenzaron a institucionalizar la idea de «retribuir» creando fundaciones y apoyando ONGs y organizaciones sociales locales.

    Desde el New Deal hasta las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pagar impuestos se aceptaba como una contribución cívica que financiaba la seguridad social, la infraestructura pública, la Educación y la Atención sanitaria. Bajo Franklin D. Roosevelt, la fiscalidad progresiva ayudó a construir un contrato social en el que la prosperidad implicaba responsabilidad. Los ingresos federales financiaron la Seguridad Social, que en la década de 1950 cubría a decenas de millones de estadounidenses, así como obras públicas masivas a través de programas como la WPA y el CCC, que en conjunto construyeron o mejoraron cientos de miles de millas de carreteras, decenas de miles de puentes, escuelas, bibliotecas, hospitales, parques y presas, muchos de los cuales siguen prestando servicio hoy. La redistribución no se planteaba como caridad, sino como una obligación estructural de una democracia funcional (y también, dado el auge del comunismo y el fascismo globales, como una forma de salvar esa democracia).

    Esta lógica se extendió mucho más allá de los años del New Deal. Entre 1944 y 1963, el tipo impositivo federal marginal máximo aplicado a los estadounidenses más ricos osciló entre el 91% y el 70%, mientras que los tipos del impuesto de sociedades promediaron entre el 40% y el 52%. Lejos de socavar el crecimiento, este período dio lugar a una expansión económica sin precedentes, al auge de la clase media y a una inversión pública masiva en vivienda, investigación científica y educación superior. En contraste, hoy el tipo máximo del impuesto sobre la renta es del 37%, y el tipo del impuesto de sociedades se redujo al 21% en 2017, menos de la mitad de su nivel de posguerra. La inversión pública ha seguido una trayectoria similar: mientras que el gasto en infraestructura, educación e investigación superaba el 4–5% del PIB, ahora se sitúa en torno al 2–2,5%, pese a una economía mucho más grande y rica.

    Esta ética de la responsabilidad fue reforzada por pensadores como Andrew Carnegie, quien argumentó en “El evangelio de la riqueza” (The Gospel of Wealth) que las grandes fortunas eran moralmente defendibles solo si se reinvertían para el bien público. Una idea que él mismo puso en práctica, financiando miles de bibliotecas e instituciones culturales en todo el país. La misma lógica fue absorbida más tarde por las corporaciones estadounidenses, que institucionalizaron la «retribución» a través de estructuras filantrópicas permanentes. Grandes fundaciones y programas corporativos apoyaron la educación, la salud pública, los derechos civiles y la vida cultural, mientras que las comunidades locales se beneficiaron de una inversión sostenida. Junto a una densa red de organizaciones sin fines de lucro, estos esfuerzos reflejaban un supuesto compartido: la riqueza, ya sea recaudada mediante impuestos o generada por la empresa privada, no era completamente legítima a menos que tuviera retornos a la sociedad.

    Esta capacidad de dar no se limitaba a la vida nacional. Desde 1945 en adelante, Estados Unidos concedió la residencia permanente legal a más de 60 millones de inmigrantes, convirtiéndose en uno de los mayores receptores de migrantes de la historia moderna. A nivel internacional, EE.UU. también se posicionó como un motor central de la reconstrucción y la ayuda al desarrollo, apoyando la recuperación de posguerra y, más tarde, los esfuerzos en salud, educación y desarrollo en el Sur Global. Estas acciones reforzaban la idea de que la prosperidad estadounidense conllevaba responsabilidades más allá de las fronteras nacionales.

    Otra expresión central de esta donación colectiva a nivel mundial fue el papel decisivo de Estados Unidos en la creación y el apoyo a largo plazo de las Naciones Unidas. Surgido de la Segunda Guerra Mundial como potencia económica y política dominante, EE.UU. no solo fue miembro fundador de la ONU, sino también su principal arquitecto y anfitrión, ofreciendo la ciudad de Nueva York como sede permanente de la organización. Durante décadas, Estados Unidos fue el mayor contribuyente financiero al sistema de la ONU y sus agencias especializadas, apoyando operaciones de mantenimiento de la paz, ayuda humanitaria, protección de refugiados, salud pública, educación y derecho internacional. Este compromiso reflejaba la creencia, aunque nunca se materializara de forma perfecta, de que la estabilidad global y la dignidad humana eran responsabilidades colectivas, así como la obligación de sostener instituciones multilaterales al servicio del bien común que el poder estadounidense conllevaba.

    Lo que una vez hizo «grande» a Estados Unidos fue precisamente esta capacidad de dar. Una aptitud que generaba confianza internacional y autoridad moral. La felicidad, en el trasfondo, estaba estrechamente vinculada a la capacidad de dar, mientras que la gratitud se entendía como un vínculo social natural, no como una deuda. Sin embargo, en un momento dado, el sistema empezó a medir el dar, a optimizarlo, monetizarlo y, finalmente, convertirlo en un negocio. Instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional integraron el cálculo y las métricas de eficiencia en el propio acto de dar. Poco a poco, la lógica pasó de responder a la necesidad a priorizar la eficiencia, sustituyendo la urgencia moral por el análisis de costo-beneficio.

    La situación a la que nos enfrentamos hoy es la continuación de este proceso: la mercantilización y privatización de la donación, despojada de las estructuras sociales, políticas y culturales que una vez la sostuvieron o daban sentido. Si hemos de entender lo que nos sucedió, quizás sea esto: perdimos nuestra capacidad de dar libremente. Hoy, dar algo a menudo significa primero tener que comprarlo. El cálculo reemplazó a la generosidad; el interés propio sobrepasó a la responsabilidad colectiva. En este camino, tanto individuos como instituciones comenzaron a preguntarse, ¿por qué debería dar en primer lugar? ¿Por qué no quedarme con lo que tengo? ¿Por qué no pueden otros resolver sus propios problemas?

    Aquí estamos ahora, con un sistema social y político plagado de contradicciones, haciendo funcionar una máquina del dar rota, habitada por individuos perdidos e inseguros sobre el significado de sus propias vidas, y aún más inseguros sobre la sociedad en su conjunto. Las corporaciones se han vuelto cada vez más codiciosas, y una concentración extrema del poder económico en manos de unos pocos les permite moldear y controlar miles de millones de vidas, colocando a poblaciones enteras a merced de su «generosidad» selectiva, estratégica y profundamente condicionada.

    Como insistía Silo, el significado no surge de la acumulación, el éxito o la eficiencia, sino de la dirección (direction). En La Mirada Interna, escribe que una acción es válida solo cuando «no produce contradicción» en uno mismo ni en los demás, y cuando contribuye a la superación del sufrimiento en lugar de a su reproducción. Dar, en este sentido, no es la generosidad como espectáculo o cálculo, sino una forma de estar alineado con la intención más profunda de uno. Cuando las sociedades pierden esta orientación, no solo se vuelven injustas. También se vuelven desorientadas. Quizás a lo que nos enfrentamos hoy no es simplemente una crisis económica o política, sino la consecuencia de haber abandonado la acción válida misma: el olvido silencioso de que el significado no nace de lo que guardamos, sino de lo que damos.

    David Andersson
    David Andersson es un escritor y humanista afincado en Nueva York. Se centra en cuestiones relacionadas con la justicia global, la conciencia colectiva y la transformación no violenta. Es editor de inglés en la agencia de prensa internacional Pressenza y autor de The White-West: A Look in the Mirror, una recopilación de artículos de opinión que examinan la dinámica de la identidad occidental y su impacto global. CounterPunch, denikreferendum.cz, Mobilized News, Countercurrents, LA Progressive y Dissident Voice han publicado sus trabajos más recientes. Muchos de sus artículos han sido traducidos a más de cinco idiomas.

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    Andrew Carnegie Dar Día de Acción de Gracias donación El evangelio de la riqueza Silo
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