España es el país con más presas por habitante del mundo. Su construcción estuvo motivada principalmente por razones de desarrollo en un momento en el que prevalecía ese aspecto frente a las consecuencias que producen, puesto que causan graves daños medioambientales y sociales. Las presas no sólo provocan el colapso de un río, sino que también afectan a los ecosistemas aledaños al quedar sumergidos bajo las aguas. Sin olvidar a todas las personas desplazadas por la construcción de presas, con casos muy dramáticos por la inundación de pueblos enteros. España sorprende por la cantidad de viviendas ilegales que se mantienen en pie, mientras tiene sepultados bajo las aguas a pueblos milenarios lícitamente establecidos.
Y desde la DANA de Valencia se está produciendo un resurgimiento de voces que claman por la construcción de más presas para evitar inundaciones, lo cual resulta contradictorio por la cantidad de presas que ya hay en España. Los pocos ríos que quedan libres hay que protegerlos a cualquier precio porque son las últimas joyas que nos quedan de estos ecosistemas tan valiosos como extraordinarios. La gente ya no sabe lo que es un río, y acude a ellos en masa como si de un parque acuático se tratara en una nueva forma de consumismo de naturaleza y sin el más mínimo respeto ni consideración.
Y así, desde la DANA de Valencia y, especialmente, desde el sector de la ingeniería, se viene defendiendo que las “únicas” medidas efectivas para evitar inundaciones son las presas y los encauzamientos. Sin embargo, los hechos han demostrado su invalidez a partir de cierto umbral. Lo único que hacen las presas es empujar el problema hacia adelante, hasta que reaparece con toda su crudeza. No hay más que ver al Segura, uno de los ríos más intervenidos del mundo y que no ha sido capaz de evitar las más grandes y graves inundaciones. Como bien explica el geólogo, y experto en los problemas de estas infraestructuras, Antonio Aretxabala, los embalses son efectivos hasta un punto, a partir del cual se vuelven catastróficos. La rotura de dos presas en Libia durante la Borrasca Daniel, en 2023, produjo la muerte de más de 11.000 personas. Sin ir más lejos, la pantanada de Tous, por la rotura de la presa de Tous en 1982, produjo la muerte de 40 personas y causó daños materiales a 300.000 personas en Valencia. Este peligro es real, por lo que hay que advertir que el cemento también tiene fecha de caducidad y muchos de los embalses españoles están alcanzando ya su límite de vida útil, o lo han superado.
Mucho se ha alabado a la presa de Forata por contener 32 hm3 del caudal del Río Magro durante la DANA de Valencia, evitando, según ellos, una catástrofe “mayor” gracias a esta infraestructura construida por Franco. Dicho así, habría que estar agradecidos porque la desgracia habría sido mayor. Un mensaje de optimismo que contrasta con los nueve muertos y cuantiosos destrozos en los municipios afectados por el Río Magro aguas abajo de la presa. Es más, la presa de Forata entró en riesgo de rotura, un riesgo que habría incrementado el efecto catastrófico de las inundaciones, más aún que si no hubiera estado construida.
Lo que subyace bajo todo esto es otra forma de negacionismo, el negacionismo de la inundabilidad. La gente de campo lo sabía muy bien cuando decía que el “río tenía papeles” (o escrituras), que no es sino otra forma de describir las zonas inundables. Las llanuras que flanquean los ríos, y que son tan fértiles que permiten los cultivos, se van a inundar siempre, con presas o sin presas. Por eso las construcciones antiguas siempre están ubicadas en lugares seguros, donde no se inundan. Parece que ahora los humanos modernos lo han olvidado, incluso hasta los de campo. Por esta razón las obras hidráulicas como presas y encauzamientos potencian este negacionismo de la inundabilidad porque crean la falsa sensación de que esas zonas inundables son lugares seguros, lugares que han sido usurpados e invadidos por viviendas, comercios, colegios, etc. Lo cual es terriblemente grave porque pone en peligro las vidas humanas, como desgraciadamente se ha comprobado. Se ha demostrado que todas las zonas afectadas por la DANA de Valencia estaban en terrenos calificados como inundables.
Sin ir más lejos, en la propia provincia de Málaga, y desde hace pocos años, se están produciendo inundaciones que afectan a gran número de viviendas a pesar de haberse construido presas para contener las avenidas. Una de las más recientes fue la inundación del barrio de Campanillas durante el paso de la Tormenta Gloria, en 2020. Afortunadamente no hubo pérdidas humanas, pero se vieron afectadas más de 850 familias. A pesar de haberse construido la Presa de Casasola en el Río Campanillas, precisamente para contener avenidas, no pudo impedirse que el barrio se inundara. En efecto, la zona más afectada, conocida como El Brillante, está ubicada en una zona altamente inundable, con una probabilidad de una vez cada 50 años (periodo de retorno de 50 años). Y en esta zona altamente inundable se ha construido desde los años 80 casi un pueblo: más 850 viviendas, colegio, instituto, centro de salud, instalaciones deportivas, jefatura de policía, parroquia, un centro de servicios sociales, comercios y un largo etcétera.

Lo peor de todo es que el ayuntamiento de Málaga planea construir más viviendas en estas zonas altamente inundables, poniendo en riesgo la vida de más personas, y con pleno conocimiento de causa porque, para este caso, se elaboró un informe delatando que las zonas afectadas estaban asentadas sobre terrenos calificados como inundables, a pesar de la presa. Así se expuso en un pleno del ayuntamiento por Adelante Málaga, solicitando la desclasificación de los terrenos urbanizables de las zonas inundables, moción que fue rechazada con los votos en contra de PP y Ciudadanos. En aquel informe también se pedía que se informara a los vecinos de Campanillas de que estaban en zonas inundables y que se preparara a la población incluso con simulacros. Al menos, sí que están desalojando a los vecinos cada vez que hay un aviso de inundaciones.
La misma DANA que asoló Valencia en 2024 pasó por Málaga produciendo el desbordamiento del Río Guadalhorce en Álora y demostrando, una vez más, la incapacidad de las presas para contener la avenida. No es la primera inundación que ocurre en Álora porque ya sucedió también en 2012, por lo menos. Y cada vez que se desborda el Guadalhorce echan la culpa sistemáticamente al Río Grande, afluente de este río, un río con un régimen natural no regulado por ninguna infraestructura. Pero en estas ocasiones el Río Grande no tiene ninguna culpa porque Álora se encuentra aguas arriba de la desembocadura del Río Grande, y las presas del Chorro no pudieron contener la avenida.
Sin embargo, las presiones sobre el Río Grande son cada vez más intensas, especialmente a raíz de las últimas inundaciones, cada vez más frecuentes como consecuencia del Cambio Climático. De hecho, la barriada de Doña Ana, en Cártama, se ha inundado ya cuatro veces en poco más de un año, cuando su periodo de retorno es de 10 años. Algunos llegan a ponerle a la Presa de Cerro Blanco, la que apresaría al Río Grande, la etiqueta del “menor impacto posible”, como si una presa por pequeña que fuera no tuviera un impacto considerable. Sólo les ha faltado añadir que no sólo será una presa con poco impacto medioambiental sino, también, sostenible, renovable y que no dice palabrotas, para terminar de cubrir con cinismo verde las pretensiones sobre este río y sobre este territorio. Otros, incluso, plantean como solución dilapidar el río con diques transversales, como las piscinas de ranas construidas en arroyos del Genal, que fueron la obra estrella de la Junta de Andalucía para conservar los anfibios y que terminaron enterradas en poco tiempo.

La del Río Grande es una situación bastante injusta porque quienes no están adaptados a los ríos están pidiendo la destrucción de territorios que sí están adaptados, como demuestra el hecho de que en el Río Grande no se ha producido la inundación de ninguna vivienda. El motivo para apresar el Río Grande o para alicatar el Guadalhorce no es otro que el de seguir usurpando los terrenos inundables al amparo de esa falsa sensación de seguridad que brindan estas actuaciones hidráulicas. Proyectos en terrenos inundables como los del Río Campanillas, o del Polígono Industrial del Guadalhorce, o de la Vega de Mestanza, dependen de esas infraestructuras como una especie de trámite previo para autorizar la construcción bajo la cuenta y riesgo de quienes los ocupen luego. En Campanillas el ayuntamiento planea construir más de 7300 viviendas sobre terrenos parcialmente inundables de la Vega Los Martínez y Vega San Ginés, mientras el alcalde alaba las virtudes de la Presa de Casasola aunque no pudiera evitar la inundación del barrio. En el Polígono del Guadalhorce, empresarios y ayuntamiento alegaban que 5000 m3/s era una cifra “exagerada”, cuando en poco más de un año se han producido 4 inundaciones de más de 1000 m3/s, la que inundaría los terrenos del Barrio de Doña Ana, en Cártama, una vez cada 10 años, teóricamente. Y, justamente, la inundación reciente en la Vega de Mestanza ha demostrado que si se hubiera construido la pretendida depuradora de aguas residuales, con la última crecida del río ya se habría dañado la instalación, causando la contaminación del río y del litoral en su desembocadura. Afortunadamente, la resistencia social evitó la construcción de la depuradora en estos terrenos inundables, una resistencia que también está en el Río Grande o en el Guadalhorce. Y en este pulso por preservar los ríos, mientras que unos tratan de preservar la vida, tanto la humana como la no humana, otros no ven más que una oportunidad de negocio.
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