El ser humano a veces tiene una enorme dificultad para aceptar que algo termina, porque también le recuerda a su propio final, la mortalidad. Puntuar es muy importante, le da continuidad a la vida desde ese final inevitable, permite marcar el sentido, el deseo puesto en el camino de lo posible, si no se deforma. En las personas hay una energía libidinal llamada Eros (amorosa, de unión) y otra Tánatos (muerte, final) pero ambas son necesarias para la vida, no es una sin la otra. Eros sin puntuar lleva a la muerte, como el beso apasionado, hay que interrumpirlo, si no se fagocita al otro. Separarse para encontrarse, producirse como persona deseante, con compromisos, caminos construibles con los otros.
Aferrarse, insistir, prolongar…. A veces seguimos “a costa de qué”: de la autoestima, del bienestar, de la salud psíquica y física. Puede convertirse en una fuente silenciosa de desgaste.
Terminar no es fracasar, es un acto de salud, de capacidad de sustitución.
Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud lo explicó con claridad en Duelo y melancolía: el problema no es solo perder un objeto de amor, sino retirar la energía psíquica que habíamos depositado en él.
No sufrimos únicamente por la persona que se va, por el proyecto que termina, por el ideal que no puede ser, sino que en el fondo es por la versión idealizada de nosotros/a en ello. Es decir, está relacionado con nuestro narcisismo, expectativas infantiles, fantasías. La no aceptación termina siendo una fuente de sufrimiento mucho mayor porque podemos caer en identificarnos exageradamente, enfermándonos, deprimiéndonos.
Hay algo que perdemos, pero no nos engañemos, también ganaremos si nos lo permitimos.
Lo que ocurre que puede interpretarse la ruptura como una amenaza. Nos da miedo la incertidumbre y confundimos rutina, costumbre, con amor, con rendimiento, con lo que realmente está pasando. A veces estamos ciegos/as.
Eso no es amor, es miedo a perder, como un quiste narcisístico.
Freud diferenciaba dos formas de transitar una pérdida:
Duelo sano
- Se acepta la pérdida.
- Duele.
- Hay tristeza.
- Pero, con el tiempo, se transforma.
- El mundo es gris pero hay colores.
La energía psíquica se reorganiza y puede dirigirse hacia nuevos proyectos, vínculos o deseos.
Melancolía
- La persona no solo pierde al otro.
- Se pierde a sí misma, se identifica con lo perdido.
- Aparecen autorreproches.
- Hay desvalorización y culpa excesiva.
- Hay una agresividad muy fuerte en sí mismo/a, destructiva, pero que en realidad está dirigida a lo perdido.
Cuando no aceptamos que el otro se fue, que el proyecto terminó, el ideal…empezamos a atacarnos a nosotros/s mismos/as, en forma de depresión, decisiones catastróficas, enfermedad orgánica incluso.
Separarse también es un acto simbólico
Desde una mirada más profunda, separarse implica:
- Aceptar que el otro no va a completar nuestra falta.
- Renunciar al ideal.
- Reconocer el límite.
- Tolerar la falta.
Se muestra entonces esa forma desadaptativa de estar en la realidad frente a los cambios, las pérdidas, los límites necesarios…
Separarse no es solo terminar una relación. Es interrumpir una repetición inconsciente. Vemos cómo en muchas personas se repite esta estructura frente a todos los cambios de su vida. Mejor consultar con un psicoanalista para ayudarle a transformarlo. Son mecanismos psíquicos inconscientes.
Separarse no es huir. Pero quedarse tampoco es amor, tampoco es trabajar para el proyecto cuando ya no se puede.
Quedarse solo por miedo a la incertidumbre —“más vale malo conocido que bueno por conocer”— puede convertirse en una forma de negación y de sufrimiento.
Puede aparecer culpa, especialmente cuando existen mandatos morales que dicen que “hay que aguantar”, prejuicios, o dificultades. Pero sostener algo que ya no es saludable no es virtud: es desgaste.
Terminar puede ser una forma de cuidar la salud psíquica, propia y también del otro.
Los finales reorganizan la identidad
Un final nunca nos deja intactos.
- Reorganiza quiénes somos.
- Obliga a redefinir prioridades.
- Cuestiona ideales.
- Activa el crecimiento.
Separarse no es fracasar
Separarse no es fracasar en el amor ni en un proyecto, es poder relanzar el deseo, poder poner tu economía psíquica en otra cosa.
Es aceptar que el otro no vino a salvarnos, que ha formado parte de una etapa de mi vida, pero toca continuar de otra forma.
Y cuando aceptamos eso:
- Dejamos de buscar salvadores.
- Dejamos de sostener ideales imposibles.
- Empezamos a desear desde la libertad.
Porque a veces el verdadero dolor no está en perder algo.
Está en no dejar atrás, no pasar página, no puntuar. Terminamos deformando proyectos, relaciones y van a generar una hostilidad muy fuerte, o bien hacia fuera o hacia uno/a misma, revestida a veces en desgracias, en dificultades de desarrollo.
Y aprender a cerrar es, en muchos casos, la forma mejor de empezar de nuevo. Si no, nuestra energía se queda secuestrada, en una espiral que arrastra gran parte de la vida. Consúltame, puedo ayudarte, soy psicoanalista.
Laura López, Psicóloga-Psicoanalista
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