Nadie en el pueblo recordaba cuándo había aparecido el jardín detrás de la vieja estación. No estaba en los planos ni en los recuerdos de los más ancianos, ni tan siquiera en las fotografías que el periódico local había publicado durante el último siglo.
Simplemente, un día apareció allí, verde y fragante, tan lleno de vida que hasta los trenes que pasaban parecían reducir su velocidad al cruzar frente a su portalón de hierro. Alicia fue la primera en notarlo, ella ya tenía ochenta y tres años y una costumbre inquebrantable, salir a caminar todas las mañanas sin importar el tiempo que hiciera.
Aquella mañana de abril, mientras el sol se colaba entre las nubes, descubrió un portón cubierto de glicinas que nunca antes había visto. Lo curioso fue que en lugar de asustarse, sintió un impulso muy cálido, que la llenó de calma. Empujó el portón y sonó el chirrido del hierro que pareció despertar algo ya dormido hace mucho tiempo.
Allí adentro, el aire olía a infancia, había flores cuyo nombre la anciana no conocía pero que le recordaban los ramos que su madre colocaba en la mesa los domingos. Caminó entre los senderos con la torpeza de quien teme romper un sueño y la de sus años, claro. Se detuvo frente a una fuente de piedra de la que el agua brotaba sin hacer ruido y en la que se reflejaba el cielo con un brillo hermosísimo. Alicia juró haber visto su propio reflejo _ el de sus ocho años _ Y aquella niña le sonreía.
A partir de ese día el jardín empezó a atraer más visitantes. Les sorprendía su localización y su existencia y todos coincidían en que al entrar se sentían distintos como más ligeros y más conscientes, como si el tiempo se desanudara dentro de ellos.
Entre sus raíces, medio enterrados, los más pequeños encontraban juguetes, los adultos escuchaban esas canciones de antaño que ya no recordaban y los más ancianos dejaban a un lado sus problemas de olvido, llegaban a su mente sin esfuerzo alguno, aquellos nombres…
Un lugar de peregrinaje, parecía el jardín en aquellos momentos, al haberse difundido en el cotidiano conversar su existencia. Era un espacio único y distinto para cada uno de los visitantes que en él se adentraban.
Sí había melancolía en su mirada a su alrededor crecían lirios blancos, a aquellos que desbordaban amor, les florecían rosales rojos. Había quien decía que los árboles respiraban, ellos lo habían notado, al tocarlos con cariño. No sabían los vecinos por qué quería el alcalde cerrarlo alegando que aquel lugar no figuraba en ningún registro municipal pero cada mañana el portalón aparecía de nuevo abierto.
Un hombre llamado Tomás, profesor de botánica retirado, decidió estudiar el fenómeno y tomó muestras de tierra, clasificó las especies y midió la acidez del agua anotando todo en un cuaderno. Sin embargo, cuando quiso revisar sus notas, descubrió que cada palabra escrita se había borrado y todas ellas habían sido reemplazadas por una sola frase: “El jardín no quiere ser estudiado, no es necesaria explicación alguna.”
Desde ese momento Tomás decidió empezar a cuidar las plantas aunque no supiera sus nombres, por primera vez en su vida, no sintió la necesidad de entender algo sino solo la satisfacción de estar.
Un día llegó al pueblo un periodista de la ciudad llamado Marcos que había perdido a su hija hacía ya tres largos años – deseaba encontrar algo distinto que le devolvieran el significado a las palabras que desde entonces le parecían huecas -que atraído por los rumores quería escribir un reportaje sobre aquel jardín secreto. Cuando cruzó el portón del jardín comenzó a notar en esa mudez del silencio, vida, como si cada flor, cada hoja esperara para decirle algo, para que él le dijera algo.
Caminó despacio hasta la fuente y se sentó junto a ella cerrando los ojos y con la mente totalmente en blanco y al volver a abrirlos se encontró con una visión que le sobresaltó. Una niña, con un vestido amarillo, como el que tenía su hija en su última fotografía tomada, estaba jugando entre las flores. Marcos no se atrevió a moverse pues temía que cualquier gesto rompiera aquella visión pero la niña lo miró y le sonrió con una inmensa dulzura y le dijo:
– Papá, ¿por qué tardaste tanto?-
Marcos sintió una inmensa felicidad, aquello parecía tan real, un encuentro sin más y cuando intentó responder a su hija, no pudo, la voz se le quebró y la niña corrió hacia él y justo antes de que pudiera tocarla, se desvaneció como el rocío de la mañana. En el suelo quedó una preciosa margarita que Marcos guardó en su libreta. Cuando regresó a su casa se sentó a escribir y brotaron algunas sabias palabras: “A veces, los lugares recuerdan por nosotros lo que ya no podemos soportar recordar.”
El jardín seguía cambiando con el discurrir del tiempo tanto sus flores, árboles y plantas como la fuente que de repente empezó a brillar al anochecer, cuando el sol marchaba a dormir. Hubo personas que bebieron el agua de la fuente en esos momentos y clamaban haber curado su tristeza y melancolía. Todos pensaban que era Alicia, que cada mañana se encontraba allí con su pequeño cesto de mimbre, la que cuidaba el jardín y le confería aquellos dones.
El invierno en que Alicia murió el pueblo entero asistió a su funeral y aquella misma noche la nieve cubrió las calles del pueblo pero sin embargo en el jardín no cayó ni un solo copo. Al amanecer cuando los vecinos fueron a dar su rutinario paseo, se encontraron con que el portón estaba cerrado siendo incapaces de abrirlo. Desde afuera se veía un resplandor tenue, como si la vida allí dentro respirara dormida, ya nadie pudo volver a entrar.
Pasaron los años y el jardín se convirtió en una leyenda, mezcla de nostalgia, ternura y respeto, que los niños escuchaban con emoción. Parece ser que los días de lluvia el perfume de sus flores se paseaba por todo el pueblo.
Cincuenta años después un tren abandonado fue hallado en las vías junto a la antigua estación desconociendo todos su origen, dentro de él, un cuaderno. En la portada escrito con letra temblorosa aparecía “El jardín que olvidó su nombre.» y en las hojas en blanco aparecían, cuando asomaba el amanecer, palabras que se iban uniendo formando frases, llenando todas las páginas del cuaderno. Era como si el papel respirara recuerdos…
… de Alicia, de Tomas, de Marcos y de todas aquellas otras personas cuyos nombres se habían perdido en el olvido. Cada experiencia era distinta pero todos coincidían en la misma frase que era el final de su historia: “El jardín recuerda por nosotros.” Nadie supo nunca quién lo dejó allí, ni por qué el tren había aparecido de la nada pero lo que realmente sorprendió a todos los que habitaban allí, en aquel pueblo, es que desde ese día el portalón volvió a abrirse.
Hoy día si uno viaja al pequeño pueblo de Santa Eulalia – porque así se llama- puede encontrar el jardín detrás de la estación sin pérdida alguna aunque no haya cartel que lo nombre, ni un guía que te acompañe a recorrerlo; solamente encontrarás un portón cubierto de glicinas que huele a viejos recuerdos…
Siguen siendo muy diversas las experiencias de los visitantes, unos dicen que al entrar sienten una mezcla de ternura y de vértigo como si el mundo se ralentizará y otros lloran mientras algunos se encuentran sonriendo y más ligeros.
Lo que pocos saben – y ahí radica el secreto de ese tiempo en que está cerrado- es que cada cierto tiempo el jardín cambia de lugar desapareciendo de un pueblo para aparecer en otro pero siempre junto a una de esas estaciones que han caído en el olvido, esperando que alguien necesite recordar.
Dicen que si te sientas junto a la fuente en silencio puedes escuchar tu pasado susurrando y una voz silenciosa que se repite siendo entendida por todos, sea cual sea el idioma que hablen.
_ No temas olvidar. Yo recordaré por ti._
Porque hay cosas – dicen los más ancianos- que la memoria humana no puede sostener sin romperse y entonces, la naturaleza muy compasiva, se las guarda eternamente.
Y quizás eso sea el jardín: una memoria viva, una segunda oportunidad para lo que fue hermoso y fugaz. Un lugar donde lo perdido se detiene a descansar antes de desaparecer del todo.
Y aunque nadie pueda decir cómo apareció ni cuándo volverá a irse, todos coinciden en algo: el jardín pertenece a todos los que alguna vez amaron y tuvieron que dejar ir.
@María José Luque Fernández
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