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    Home»Actualidad»Mundo»Flotilla. ¿Está desnudo el rey?
    Mundo

    Flotilla. ¿Está desnudo el rey?

    RedacciónPor Redacción24/05/2026No hay comentarios8 Minutos de lectura
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    Redazione Palermo

    Desde su primera misión, la Flotilla ha suscitado reacciones encontradas: admiración y apoyo por un lado, desconfianza, desprecio y burla por el otro. En aquella ocasión, nuestra presidenta del Consejo de Ministros (Giorgia Meloni) hizo declaraciones destinadas a deslegitimar su propósito. Demostrando que no quería reconocer la finalidad que los activistas siempre han expresado con claridad: mantener la mirada puesta en Gaza, detener el genocidio. Porque, a pesar de las polémicas sobre el término, el genocidio emerge de las múltiples acciones cometidas por Israel. Esta va desde la restricción de las provisiones de alimentos, hasta los auténticos bloqueos de la ayuda humanitaria; y desde los ataques militares contra civiles, hasta las declaraciones de representantes del gobierno israelí, como el ministro ultraderechista Amihai Eliyahu, que habló explícitamente de «borrar» Gaza.

    Los detractores de la Flotilla se han burlado de la misión calificándola despectivamente de —«crucero» o, como declaró el presidente del Senado italiano, como una iniciativa inútil, —«propagandística, de bajo riesgo y alto retorno mediático». Palabras de un cinismo pasmoso.

    Sin embargo, aunque no haya conseguido hacer llegar la ayuda a la población de la Franja, la Flotilla ha alcanzado su objetivo: empujar a la opinión pública a —«mantener la mirada y atención sobre en Gaza». Incluso quienes hasta entonces habían preferido apartar la mirada se han encontrado de repente ante las imágenes de Thiago y Saif encadenados en el tribunal israelí (Tribunal de Magistrados de Ascalón); ante las imágenes de cientos de activistas humillados y obligados por los soldados israelíes a mantener la «stress position» (conocida como “The Banana Position” o “posición de la rana”, generalmente con intención torturadora si es larga su duración). O descriptivamente: doblados sobre sí mismos, con las muñecas atadas, sacudidos y maltratados. Y también han tenido que escuchar los primeros relatos, todos ellos con la misma conclusión: lo que esos activistas han sufrido no es nada comparado con lo que sufren los palestinos; a quienes el ‘democrático Estado de Israel’ ha reservado recientemente un ‘tratamiento de honor’ adicional: la pena de muerte ad populum (para el pueblo), corolario de un apartheid declarado.

    Entre la burla pública y la admiración, estos hombres y estas mujeres, con medios pacíficos y no violentos, han puesto sus cuerpos al servicio de otros cuerpos: cuerpos ofendidos, agotados por el hambre, heridos, mutilados, maltratados o ya sin vida. Han donado su tiempo para concienciar al mundo de cómo transcurre el tiempo de un pueblo sitiado: un tiempo marcado por el estruendo de explosiones y disparos, por las carreras angustiosas para huir de los drones y las bombas o para sustraerse a la mirada de los soldados; un tiempo suspendido en la espera de algo que echarse a la boca. Han prestado su voz a quienes ya no tienen un lugar desde el que hacer resonar la suya: ni una casa, ni una escuela, ni una universidad, ni un lugar de trabajo o de encuentro. Todo ha sido arrasado: aquello que, antaño, aunque aprisionado entre muros infranqueables y un mar prohibido, todavía albergaba la vida. Y esa voz ya no puede ser confiada ni siquiera a los periodistas que, con valor y tesón, contaron al mundo el testimonio de aquel horror, antes de ser arrollados y asesinados.

    Esta «iniciativa gratuita e irresponsable» —como la han calificado sus críticos, ha puesto al desnudo, en cambio, la «irresponsabilidad» (en su sentido etimológico: falta de respuesta) de quienes podían haber hecho algo y no hicieron nada, revelando, por el contrario, la «responsabilidad», es decir, la capacidad de «dar respuesta», por parte de ciudadanos de todo el mundo: gente corriente, jóvenes y no tan jóvenes, decididos a expresar su indignación ante un genocidio, a mostrar su solidaridad, a despertar conciencias y a presionar a los gobiernos.

    Ante esas imágenes, ahora llegan algunas expresiones de desaprobación por parte de ciertos miembros de nuestro gobierno. ¿Una verdadera conversión? Difícil de creer, teniendo en cuenta que la situación en Gaza lleva décadas así y ya estalló hace casi tres años. Seguramente se trata de un cierto embarazo ante una opinión pública muy sensible a la cuestión palestina, especialmente los jóvenes. Ya sea por razones electorales o de otro tipo, a estas alturas —con 75.000 muertos y miles de detenidos— se empieza, por fin, y aún con extrema timidez, a hablar de tomar medidas contra Israel.

    Algunos representantes del área progresista solo ahora reclaman la interrupción de los acuerdos y los intercambios militares y comerciales; la derecha, en bloque, ni los menciona. Todo ello en un contexto europeo que, salvo rarísimas excepciones como España, sigue permaneciendo en silencio o se limita a discutir sanciones contra individuos aislados: Ben Gvir o los colonos, como si estos no fueran ellos mismos el brazo operativo de la ideología del Estado.

    Gaza empieza ahora a ser «vista» y, junto con ella, ese trozo de tierra deliberadamente separado en la geografía física de la zona, Cisjordania; donde hordas de colonos continúan sus violentas expediciones contra las tierras y las casas palestinas, desafiando todos los acuerdos internacionales.

    ¿Es un verdadero punto de inflexión? Quizá no. Pero es un comienzo, tardío e insuficiente, a partir del cual reconstruir un cambio de rumbo real. Eso será posible si la Comunidad Internacional encuentra el valor de actuar, restableciendo el Derecho y la Paz, y liberándose del chantaje con el que Israel tiene al mundo bajo su control (junto con Estados Unidos).

    Se lo debemos ante todo a los palestinos. A los que aún viven y a los que ya no están entre nosotros. Se lo debemos a los jóvenes, de ambos lados. Detener este genocidio significa, en efecto, romper el torbellino de violencia y odio del que también los propios israelíes son rehenes. Jóvenes puestos al servicio de las acciones más innobles, camuflados en uniformes militares cargados con armas que aprisionan sus cuerpos. Sin rostro, ocultos tras máscaras; sin mirada, salvo la reducida a un instrumento para apuntar. Jóvenes sacrificados a la razón de Estado, moldeados desde la escuela por la ideología y absorbidos en una espiral de crueldad de la que no sabemos hasta qué punto son realmente conscientes, salvo cuando sabemos de algunos que, al no soportar el peso de tanto horror, se suicidan.

    Se lo debemos a quienes esperan contra toda esperanza, a esos israelíes y palestinos que apuestan por una vida basada en el conocimiento y el respeto mutuo. A los hombres y mujeres de la aldea de Wahat al Salam / Nevè Shalom (Oasis de Paz); los excombatientes de ambos bandos de Combatants for Peace ( Combatientes por la Paz); las mujeres israelíes de Women Wage Peace (Mujeres Promueven la Paz) y las mujeres palestinas de Women of the Sun (Mujeres del Sol), que intentan tejer la red de la solidaridad; los Rabbis for Human Rights (Rabinos por los Derechos Humanos), que ayudan a los palestinos protegiéndoles en las tierras objeto de las incursiones de los colonos; todos los objetores de Mesarvot (que significa «negarse» en hebreo), que a costa de la cárcel se niegan a seguir matando; médicos, enfermeros, miembros de ONG (Organizaciones No Gubernamentales) que, arriesgando sus vidas, están sobre el territorio para intentar ofrecer ayuda y alivio. Se lo debemos a todos nosotros.

    Sea cual sea el resultado de esta guerra unilateral, el proyecto descabellado de Netanyahu está llevando a lo que Anna Foa llama el «suicidio» moral, político y estratégico de Israel. Quizás el punto de ruptura ha comenzado y una grieta empieza a resquebrajar la granítica impunidad de Israel, pero desde luego el camino es largo. Incluso cuando la ocupación termine, generaciones enteras, de un lado y del otro, tendrán que lidiar con el dolor y el odio, y una herida profunda deberá cicatrizarse en la relación entre Israel y los pueblos del mundo.

    Hace falta un renacimiento de la política, hoy muerta porque está en manos de tecnócratas y de los dictados de las grandes finanzas. Hace falta la participación activa de los ciudadanos. Los acontecimientos han dejado claro que nadie puede decir que no le interesa la política, o que no es asunto suyo: el abismo en el que hemos caído ha creado un movimiento de masas que no debe dispersarse; variopinto, un archipiélago de islas a veces incomunicadas, ha señalado no obstante la voluntad de paz y justicia entre los pueblos.

    La Flotilla ha sido el NO a la opresión del poder y el SÍ a las poblaciones que, en cualquier lugar del mundo, tienen derecho a vivir en paz y justicia. Las manos alzadas son el NO a las armas. Todo esto no debe desperdiciarse, sino transformarse en acción política.

    Mientras nos dirigimos hacia un mundo multipolar, a cada uno de nosotros se nos pide que no apartemos la mirada y que contribuyamos con aquello que podemos y sabemos hacer. No todos tenemos el valor de la empresa, pero todos podemos empujar a los gobiernos y las instituciones hacia un cambio de paradigma que ponga en el centro una política de paz y no violencia con la que formarnos y formar a otros. El tiempo dirá qué hemos sido capaces de hacer por nosotros y por las generaciones futuras.

    Redazione Palermo
    Noticias del equipo de redacción en Palermo, Italia

     

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