Historia real — Octubre de 2013
El martes por la noche, casi a las 11:57, recibí una llamada en el móvil.
Una voz masculina, temblorosa, me dijo:
—Hola, me llamo Alberto, tengo 70 años… la semana pasada murió mi hermana, tenía 81. Estoy destrozado y no sé qué hacer.
Se me erizó la piel.
Mi cuerpo temblaba ante tanto dolor condensado en unas pocas palabras.
¿Qué le puedes decir a alguien que acaba de perder a su compañera de vida?
¿Qué palabras pueden aliviar esa congoja, esa soledad que de repente se instala como única compañera?
Entonces le conté un cuento.
Había una vez un hombre que había perdido a su hijo pequeño.
Cada noche lloraba hasta el amanecer, incapaz de dormir.
Un día, en sueños, apareció un ángel y lo llevó al cielo.
Allí vio desfilar a muchos niños, todos con una vela encendida entre las manos.
Entre ellos apareció su hijo…
está radiante, bellísimo, lleno de vida, exactamente como él lo recordaba.
Pero había algo que lo conmovía profundamente:
era el único que llevaba su vela apagada.
—Hijo, ¿por qué tu vela no tiene luz? —preguntó el padre.
El niño lo abrazó y respondió con dulzura:
—Papá, cada mañana encienden mi vela…
pero cada noche tus lágrimas la apagan.
Alberto, que cada mañana tu sonrisa sea la que encienda la luz de tu hermana.
Que su recuerdo te acompañe, sin miedo, sin culpa.
No es olvido.
Es transformación.
Las personas que amamos dejan de ser cuerpos…
y se convierten en presencia, en memoria, en amor.
Puedes vivir desde la resignación o desde la aceptación.
Resignarte al dolor, a la soledad, al vacío.
O aceptar esta etapa, donde su ausencia es una realidad, pero su amor permanece.
Porque hay una verdad que no cambia:
sigues aquí.
Y mientras estés aquí, la vida aún tiene razones para latir.
Ser tarotista no siempre significa echar cartas.
A veces significa escuchar.
Sostener.
Acompañar el dolor de otros en silencio.
Por eso hoy te pido algo sencillo:
Enciende luces.
No solo para los que se fueron.
También para los que están.
Una sonrisa, una llamada, una palabra, una presencia…
pueden ser la luz que alguien necesita para salir del luto.
Y recuerda:
no se trata de dejar de amar a quienes se fueron,
sino de aprender a vivir con su luz dentro de nosotros.
Inspirado en un cuento de Jorge Bucay.
Cristina Marley — 2026



